Ese sentimiento de empezar el año

Siempre me han gustado los comienzos de año. Tienen ese olor a nuevas posibilidades, a planes estupendos, a proyectos ambiciosos, y sobretodo tiempo por delante para cumplirlos. Desde hace unos años tengo una técnica infalible para que sea así.
Los últimos días de diciembre suelo escribir lo que me gustaría conseguir en el año que empieza, en plan lista de deseos, sin dejarme nada, porque al fin y al cabo soñar está al alcance de todos. Este ejercicio en si me parece de lo mas revelador; esa lista es solo para tus ojos, así que puedes ser totalmente sincera contigo misma, que de vez en cuando va muy bien serlo. Una vez que tengo toda mi lista de propósitos, la doblo, la rasgo y la dejo marchar, sin rencor, sin frustración, sólo con el cariño de un bonito sueño que alumbra el día.
Quizá suene derrotista, pero no es mi intención. Lo cierto es que ya no espero tener tiempo para mi, al menos tiempo estructurado como tenía antes de ser madre. Pero lo que si puedo hacer es prepararme para aprovechar esa siesta un poco mas larga de lo normal, una noche en la que cae rendido tras un día de juego, o las mañana que pasa con la yaya. Ratito a ratito, nuestros propósitos se van cumpliendo, y gracias a eso en el 2017 conseguí cosas inimaginables, cosas que ni si quiera incluí en mi lista de sueños para ese año.
Estoy ansiosa por ver lo que esos ratitos nos traerán este año, seguro que superaran con creces cualquier plan hecho con antelación, porque nuestro día a día se contagia de la espontaneidad de nuestros pequeños, que nunca tienen planes y disfrutan de la vida más que nadie, tal y como les llega, sin pedirle nada más. Quizá ese tendría que ser nuestro único propósito.